La música es una meta-droga pues puede producir drogas endógenas de las que fabrica nuestro propio organismo.

Como cualquier cosa en la vida los efectos pueden ser opuestos, es decir, depende del tipo de música que escuchemos nos estamos perjudicando o beneficiando. Hay muchos tipos de música y no es lo mismo una canción pop de Julieta Venegas que un tema de regetón, no es lo mismo una canción de Serrat que de Metálica, y no es lo mismo una composición de Caetano Veloso que de los Sex Pistols.

Siguiendo la investigación de Sergio Parra, divulgador científico, os muestro cuales son algunos de los efectos inmediatos que conlleva escuchar un tipo de música u otra.

Todo lo que el ruido musical hace en ti

Si dividimos la música en grandes conjuntos, la música de baile y las marchas orquestales promueven en mayor medida una respuesta de tipo muscular, mientras que otros géneros, como el jazz, desencadenan ante todo respuestas de tipo respiratorio o cardiovascular. La música melódica puede sugerir que el mundo que nos rodea es armonioso, pero el ruido sugiere desorden, incertidumbre y peligro.

Sin embargo, estas divisiones y efectos son toscas si las comparamos con la infinita constelación de notas musicales y los microefectos que producen, tal y como indica el neurólogo Anthony Smith en su libro La mente.
Aparentemente, la música puede incrementar el metabolismo del organismo, alterar la energía muscular, acelerar la frecuencia respiratoria y convertirla en menos regular, reducir el umbral para diversos estímulos sensoriales, afectar a la presión arterial, y con ello a la circulación sanguínea.

Según un estudio presentado en la Conferencia Anual de la Sociedad Británica de Psicología por Alexandra Lamont y sus colegas de la Universidad de Keele, escuchar tus canciones favoritas cuando practicas un deporte competitivo mejora tu rendimiento.

Algunos de los temas generalmente escogidos en el estudio para estar más motivado mientras se hace ejercicio fueron: Eye of the Tiger, de Survivor (escogida por toda clase de deportistas) y Lose Yourself, de Eminem (más común entre corredores y futbolistas). También tuvieron mucho predicamento temas de Kings of Leon, Florence and the Machine, Pendulum, Blondie, Muse, Rihanna y Black Eyed Peas.

Las cuatro estaciones de Vivaldi resulta idóneo para despertar conexiones en el hemisferio cerebral izquierdo. Los valses de Strauss y las polonesas de Chopin estimulan el pensamiento creativo. El We are the champions de la banda Queen produce euforia. Elvis Presley es ideal para el hipotálamo y sus emociones asociadas. Like a virgin de Madonna induce a la socialización y la simpatía. Como escribo en Ciclistas de sofá:

“Si tuviera que escoger un top 10 de canciones para no desfallecer, sin duda en primer lugar estaría el Going to distance de la banda sonora de la película Rocky. Como le pasaba al personaje de Bizcochito en la serie televisiva Ally McBeal, las campanas que inician esta canción son capaces de insuflarte tal energía y seguridad en ti mismo que el propio Bizcochito la empleaba cada vez que debía enfrentarse a un gran desafío como abogado. Es imposible desvincular estas notas musicales con las imágenes de superación personal de Rocky Balboa”.

Por ello la música tiene tanto poder a la hora de modificar nuestros niveles hormonales, incluso hasta el punto de incrementar sustancias importantes del sistema inmunitario. La música suave y sosegada, el Musak, por ejemplo, produce más cantidad de esta sustancia que el jazz, y por supuesto que el silencio, según un estudio de Charnetski y Brennan de 1998. El ruido puede hacer descender esa sustancia.

También hay  estudios  que sugieren que la música nos cura. Según el doctor en biología de Harvard Robert Trivers en su libro La insensatez de los necios:

“Hay dos experimentos recientes que se destacan por encima de los demás. Cuando se inyectan 500 células cancerosas a ratones que han sufrido estrés causado por ruidos nocturnos, se comprueba que el avance del cáncer es mucho más lento si se les hace escuchar música melodiosa durante cinco horas todas las mañanas. Podemos citar un experimento igualmente notable, esta vez con seres humanos. Se le hizo escuchar música de Bach (escrita en una tonalidad mayor) a un grupo de personas que hacían un tratamiento fisioterapéutico para los bronquios (tenían que aspirar un medicamento, respirar y toser). Se comprobó entonces que ese grupo se recuperaba con mucha mayor rapidez que otro, tratado con el mismo método pero sin música”.

Sintonizando el corazón

La música tiene especial facilidad para conmover a nuestro corazón. De hecho, puede sincronizarse de forma muy precisa con él, como explica Gail Gadwin en su libro El corazón. Según la notación musical italiana llamada tempo giusto (el tiempo justo), que es un compás uniforme de entre 66 y 76 en el metrónomo, estamos sintonizando el ritmo de un corazón sano.

Pero lo que verdaderamente emociona son los altibajos en el tempo. El ruido marrón, una sinfonía de una sola nota, resulta aburrida para nuestro cerebro, y finalmente desesperante. La música debe ser ruido rosa, tal y como escribe Jorge Wagensberg en La rebelión de las formas:

“Es el gozo de la música:  un tenso conflicto entre lo que se puede predecir y la sorpresa. Si la correlación en el tiempo es demasiado baja, la predicción requiere un trabajo infinito, por lo que el cerebro se ve insuficiente y se deprime. El ruido blanco (totalmente aleatorio) primero desespera y luego aburre. Si la correlación es demasiado alta, la predicción requiere un trabajo nulo, con lo que el cerebro se ve innecesario y se ofende”.

Cuando la psicóloga Paula Niedenthal, de la Universidad de Indiana, necesitaba que los sujetos de sus experimentos se sintieran felices, seleccionaban piezas de Vivaldi y Mozart. Cuando necesitaba que se sintieran tristes, escogía a Mahler o Rachmaninov. Por ejemplo, el intervalo tonal que constituye la base del himno a la alegría que incluyo Beethoven en su novena sinfonía expresan placer o felicidad universales. Este intervalo tonal también se emplea en La traviata de Verdi, en El oro del Rin de Wagner o en la Sinfonía de los salmos de Stravinsky.

Comunicarse cantando

La música es una forma de comunicación de baja intensidad, en el sentido de que el receptor es el que interpreta la música y llena de significado e información lo que en esencia es solamente un puñado de notas musicales (en ocasiones acompañado de una letra simplona y/o repetitiva, como un mantra).
Pero tanto la música como el canto transmiten emociones. Como demostraron desde la Universidad de Tromso los psicólogos Hella Oelman y Bruno Loeng, existe una suerte de gramática tonal universal: individuos de distintas épocas y culturas experimentan una gama compartida de reacciones emocionales a intervalos musicales concretos.

Cantar también modifica el cerebro, en particular el lóbulo temporal derecho, y se liberan endorfinas, particularmente oxitocina, lo que se traduce en sensaciones profundas de felicidad, unión y amor. Es decir, propician la comunicación.

Así es la música. Como una droga (o más concretamente una estimuladora de drogas endógenas). En consecuencia, vuestro reproductor de mp3 será como vuestro inductor anímico. Algo así como un botiquín con toda clase de drogas que os administraréis vía auditiva y que moldearán vuestra mente y, por extensión, la realidad que os rodea. Pero cuidado con lo que dijo Woody Allen: «Cuando escucho a Wagner, me entran ganas de invadir Polonia».

Este texto ha sido extraído del artículo Buena Música .

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