Querido Nicolás, este mes en vez de escribirte una carta te propongo un cuento inspirado en una canción de Natalia Lafourcade que se llama…

“Hasta la raíz”

A Vicentín siempre le había gustado la botánica. De pequeño disfrutaba hundiendo los dedos en la tierra, sintiendo la textura fresca, terrosa, rasposa o quebradiza de los distintos terrenos en los que escarbaba.

A Vicentín no era extraño verlo caminando por el césped, alrededor de los árboles, curioseando en los huertos urbanos de las ciudades o en los jardines de los parques públicos con una palita pequeña, como las que sirven para hacer castillos de arena en la playa.

El cuaderno de apuntes, como a él le gusta llamar, recopilaba las características de las raíces que encontraba y los retoques, injertos o podas que realizaba para mejorar o salvar las que estaban maltrechas.

El método de abordar las raíces solía ser bastante sencillo. Primero esperaba sentado en un banco o en el mismo suelo que se acercase alguien a la tierra que había escogido, le daba igual que se tratase de niños, ancianos, embarazadas, enamorados, divorciados… Cuando su presa estaba a tiro se acercaba, daba los buenos días y les preguntaba si podía olerlos…

Normalmente la gente accedía encantada porque sus servicios eran gratuitos; tan solo se les pedía a cambio que cediesen la investigación de sus raíces a la ciencia, es decir, al cuaderno de apuntes de Vicentín. A cambio recibían un informe detallado de las raíces de sus vidas.

Así que era muy común ver a Vicentín arrodillado junto a  algún paseante excavando a los pies del mismo, bajando hacia el centro de su mundo interior, inmerso en cálculos, concentrado en la temperatura, palpando y desmoronando grumos, tomando nota de todos los detalles que anunciaban la llegada de las raíces del individuo en cuestión.

Cuando la tierra era fresca y estaba aireada sabía que iba a tocar raíces excepcionales como las de Isabel, aquella anciana que le trajo a Vicentin la imagen de alguien que disfrutaba dando volteretas en las piscinas como un delfín. El agua celeste, los pequeños azulejos y la sensación de girar lo llevaron a esta conclusión…

O las de Teresa, aquella mujer que veía un cielo estrellado mientras su hijo descansaba la cabeza sobre su pecho, pues las estrellas y el tacto de una suave cabellera no podían significar más que ese momento de nocturna maternidad y comunión cósmica…

O la de aquel joven que se llenaba de aire durante sus largas caminatas diarias por las ciudades, Javier. Vio Vicentín en este caso cientos de calles en breves minutos y una sensación de infinitud que solo sienten los de espíritu viajero.

Vicentín solo tenía que tocar las raíces de la gente para tener visones de experiencias apasionadas o para ver un vacío de fertilidad…

En los primeros la pasión, el frenesí y el entusiasmo se filtraba hasta el punto de hacerles sentir que podían volar durante breves momentos, volar con hermosas alas, sin embargo, las raíces vacías de los segundos eran la consecuencia de pedir siempre reconocimiento a cambio, aplauso, foco, agradecimiento. De negociar cada momento de sus  vidas… Siempre arrastrándose, siempre  mortales, siempre presos de una formidable calculadora interna sedienta de intereses y réditos…

Autora: María José Coronado Luque

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